Martes, 27 de junio de 2006
Una mañana como otra cualquiera. O una tarde, está bien; cabrón afortunado... encima no me lo restregues por las narices. Yo soy de los que madrugan.
Una mañana como otra cualquiera, decía. Nos levantamos, nos aseamos (o no, cada uno con su rollo), y desayunamos un café bien cargadito que bañe nuestras neuronas todavía remolonas. Llega la hora y nos dirigimos a estudiar, a trabajar, o a buscar al camello. Da igual, porque tenemos que ir al centro de la ciudad y allí es imposible llegar en coche. Bueno, llegar seguramente no es imposible pero librarse del maldito trasto una vez que estás allí sí que es imposible... Yo no tengo carnet de conducir aún, aunque estoy en ello; pero me he encontrado muchas veces en la situación que me han llevado en coche a algún sitio y lo han tenido que aparcar más cerca del origen que del destino.
Así que, como no nos queda otra, utilizamos el transporte público. Ya sea tren, metro, bus o tramvía, los ingredientes son los mismos: roce, sudor, sobacos, calor, esperar y esperar un poco más.

Más de una vez nos planteamos coger un taxi y que lo pague la empresa... y si no lo paga da igual, pagaríamos por no tener que soportar eso. Personalmente detesto más a la gente que utiliza el transporte público que al transporte público en sí.
Ejemplo: Llega el cacharro, sea cual sea, estás dispuesto a subir pero hay gente delante que se lo toma con calma, como tú. Normal, nadie entraría a gusto en una cámara de gas... mejor alargarlo lo máximo posible. Entonces comienzas a notar primero un roce, luego una presión, y luego collejas en la nuca para que te apresures a subir. Si es necesario se te insta a pisarle la cabeza al de delante, con tal del que está detrás tuyo pueda subir. Normalmente una señora mayor con un carrito de la compra. Desde aquí os digo ¡oh!, marujas presurosas: Si el de delante todavía no ha subido, yo no puedo subir antes que él. Empujarme sólo sirve para enfurecerme y escribir posts como éste.
Otro ejemplo: Un día coges el transporte sumamente temprano. Tienes mucho sueño, pero agradeces que esté vacío, así que te pones cómodo y te reclinas en el asiento, estirando las piernas. En la siguiente parada, sube un pasajero/a y te mira con desdén. Ni corto ni perezoso, se dirige hacia tí y te pide por favor, (sustituyendo "pide por favor" por "da patadas en las espinillas") que le dejes sentarse justo enfrente tuyo. No lo dice, pero tú le conoces de otros viajes y sabes positivamente que siempre se sienta ahí. Y como siempre se sienta ahí, da igual que el resto de asientos estén vacíos, prefiere ir bien apretadito contigo que allí que en cualquier otro lugar.
Más ejemplos: Te dispones a bajarte y te diriges a la puerta. Evidentemente, nadie está dispuesto a dejarte pasar por miedo a perder ese trocito de metal que sale del techo y les permite no caerse, así que te abres paso a empujones. Finalmente, consigues ponerte a un palmo de la puerta, y cuando crees que ya has dejado bien claro al resto que pretendes bajarte en la próxima... ¡Alguien se abre paso, te empuja y se pone delante tuyo! Y si le miras, insistentemente para pedirle explicaciones, te suelta un paupérrimo: ¿bajas? Maldita sea...
Se me ocurren más ejemplos, pero ya me está saliendo demasiado largo el post. En Barcelona la personificación del transporte público son TMB y Renfe. Bueno, Renfe es la personificación del transporte de ganado y del transporte incompetente, y también del transporte que nunca llega a la hora y siempre lleva menos vagones de la cuenta... pero bueno.
Encima nos hacen sentir culpables si no utilizamos el transporte público porque el coche contamina. Ah... ojalá tuviera un helicóptero.
Por: Dandel | A Teleco's Life | Comentarios (0) | Referencias (0)